Llevaba toda
la semana pensando si ir o no a la prueba porque 90 km. sin haber entrenado
distancias largas, con mucho barro, como luego comprobamos, y lluvia todo el
día pues no es que tuviera muchas ganas. Una vez que ya has decidido ir tienes
que mentalizarte que vas a sufrir, se te van a congelar los pies, se te va a
meter barro en las lentillas, te van a doler las piernas… Una vez que se asume
esto ya estás listo para afrontar la prueba, chupao.
Salgo de casa
lloviendo, en Cañaveral diluviando, y cuando llego sólo chispeaba, bueno de lo
malo lo mejor pensé.
Llegué
temprano, cogimos en seguida el dorsal y cuarenta minutos antes de la prueba ya
estábamos calentando, esta vez sí lo hice bien, me tomé un café antes para
salir enchufado (lo recomiendan los “pro”) y en efecto así salimos todos. Se
empezó a un ritmo brutal, estábamos rodando a más de 30 km/h. y en medio del
pelotón. ¡Cómo va la peña, increíble!
El objetivo
era coger grupeto y así lo hicimos, yo siguiendo a César, Manuel detrás fue
de menos a más. Tenía dos objetivos fundamentales, el primero coger un grupo y
tirar por lo menos hasta el primer puerto (km. 18 aproximadamente) y el segundo
era ver si bajábamos de cinco horas, según estaba el terreno en seguida me di
cuenta que lo segundo estaba muy complicado e incluso sabía que por ahí iban a
estar los top 20.
Según avanzan
los kilómetros nos quedamos unos siete en el grupo, uno de ellos se cae en un
charco y yo detrás, César, que entró mas tarde en el charco, me vio en vivo y
en directo volar por encima del chaval que se cayó. Me levanto y bien, no tenía
nada, caída limpia. Sigo y vuelvo a pillar al grupo. Veo que César se pone
primero y le digo que tire porque no creía que ese fuera un buen grupo, para mí
sí, yo iba bien ni pasado ni sobrado.
Empiezan las
primeras rampas, se me va un poco el grupo y tengo un par de enganchones de la
cadena, de esos que se queda el pie clavado y que me hacen descolgarme un poco
más pero les sigo a cien metros, intento recuperar terreno pero me doy cuenta
de que estaba forzando y no debía seguirles, quedaba mucho todavía.
Primera rampa dura
que pasaríamos dos veces, bien hasta la mitad, otro enganchón que no pude
recuperar y puse pie a tierra, mucha pendiente, barro… Andando y fuera, tampoco
era plan calentarse. Me pasa Manuel que iba como una moto, me ve mirando la
cadena y le digo que se me ha enganchado pero no como en Jaraicejo que se
salía, era simplemente los enganchones cuando no tienes ni gota de grasa. No
pasa nada, esta vez no me iba a enfadar, era un mal menor y si hacía el “Ricky
Martín” lo solventaba. Esto es “Un pasito palante
María… y un pasito patrás” (¿o algo así era no? No soy muy
de Ricky), o sea, cuando das un pedalada y se engancha la cadena, rápidamente
das una para atrás y a la siguiente le metes menos tensión a la cadena y no se
engancha. Para esto hay que tener patitas
y sobretodo equilibrio porque en medio de una subida tirar hacia atrás y volver
a pedalear no es fácil. Había mucha gente como yo con problemas en la cadena, bueno
y en casi todo.
Culminamos,
pillo a Manuel después, miro hacia atrás y ostiazo
de Manuel al intentar coger la botella de agua. No le pasó nada pero un par de
raspones se llevó.
En la bajada
voy a toda leche (siempre controlando claro) porque es donde la gente se
acojona y sacas bastante tiempo sin desgastar demasiado. Es como cuando uno hace doble falta y regala un punto, pues eso puntos gratis sin tener que hacer
esfuerzo.
Después Manuel
me vuelve a pasar porque las piernas no me responden al cambio de pendiente, se
me habían enfriado y me costaba un mundo subir cualquier repechino, ahí estaba la falta de entrenos, que le vamos a hacer,
ya vendrán tiempos mejores.
Pillo un grupo
después de las zonas de subida y sigo con ellos como 20 km. Nos quedamos tres,
dos tipos de Cáceres que iban bien, uno con gusto por la cerveza y los buenos
pinchos o eso me decía la barriga que tenía el colega pero en las patas ni un
gramo de grasa, todo músculo y no veas como tiraban. Iba muy bien con ellos que
iban regulando y me vino de perlas para la parte final.
Volvemos a la
rampa gorda y otra vez a patitas, se me van mis acompañantes y ya me quedo solo
los últimos kilómetros. Miraba el gps de vez en cuando, km. 70, Dios que me
quedan 23 kilómetros que sufrimiento. Seguía una zona donde cogía los ruteros
de 20 en 20, iban de paseo y “¿yo porqué no podía ir de paseo?” Porque
cualquiera paraba con la que estaba cayendo, sólo quería llegar.
De repente me
encontré bien, seguía la estela de unos cuantos verdes (los dorsales de competi eran verdes y rojos y azules los
ruteros), cogí diez o así que no iban mal pero… yo iba mejor, jajaja!
Menos mal que
llegué bien al final porque nos esperaba una encerrona, barro y agua a saco,
las piernas ardían pero esto se estaba acabando y sólo quedaba apretar los
dientes.
Al final
5:18:47 (17.5 km/h de media), contento, di lo que tenía y encima conseguí
terminar bien después de 93 km. En la meta me esperaban César y Manuel que
acababan de llegar. ¡Grandes, muy grandes los dos!
La
organización muy bien, la señalización quizás un poco mejorable, aunque con
tanta agua y barro se hace todo más complicado.
Y lo mejor de
todo, la ducha que nos dimos en casa de la tía de César y la comida que nos
preparó, espectacular. Eso sí que no tiene precio. Y que no se olvide el
asistente de lujo, el primo de César, que estaba en los pasos intermedios.

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